Encuestas en Bolivia: ¿información estadística o herramienta de manipulación política?

enc

Hay algo que ya no se puede ignorar en Bolivia: las encuestas electorales han perdido credibilidad ante los ojos de una gran parte de la ciudadanía.

No es una percepción aislada. Es una sensación que se repite en conversaciones cotidianas, en redes sociales, en análisis políticos informales. Cada nuevo estudio de intención de voto que se publica genera más escepticismo que expectativa. Y no es casualidad.

En procesos electorales recientes hemos visto cómo los resultados finales en las urnas no coincidieron con lo que las encuestas anticipaban semanas antes. Candidatos subestimados que terminaron ganando con márgenes amplios. Proyecciones que hablaban de escenarios cerrados que luego resultaron completamente distintos.

Cuando esto ocurre una vez, puede considerarse un error metodológico.
Cuando ocurre más de una vez, el problema deja de ser técnico y se convierte en un problema de confianza.

La sospecha instalada

Hoy muchos ciudadanos no creen que las encuestas sean neutrales. La idea de que estos estudios están financiados por partidos políticos o grupos de poder para instalar percepciones favorables ya está profundamente arraigada.

Se perciben como instrumentos que buscan:

  • Influir en el voto estratégico.

  • Generar sensación de “ganador anticipado”.

  • Desmoralizar al electorado de ciertos candidatos.

  • Construir narrativas mediáticas antes que reflejar realidades sociales.

Puede debatirse si esa percepción es totalmente correcta o no. Pero lo que no puede negarse es que existe. Y en política, la percepción termina siendo determinante.

El problema no es solo la empresa, es el sistema

Más allá de una empresa en particular, el problema parece estructural. Encuestas que muestran altos niveles de indecisos, márgenes estrechos y escenarios volátiles terminan siendo presentadas como si fueran predicciones casi definitivas.

Luego llega el día de la votación y el resultado contradice el relato construido semanas antes.

¿El daño? No es solo para la encuestadora.

Es también para los medios de comunicación que difunden estos datos sin un cuestionamiento profundo. Cada vez que un resultado no coincide con la narrativa previa, se erosiona la credibilidad mediática. Y en un país donde la confianza institucional ya es frágil, eso tiene consecuencias graves.

¿Tiene sentido seguir difundiendo encuestas?

Aquí es donde surge una pregunta incómoda:
Si una herramienta ha perdido legitimidad social, ¿sigue siendo útil difundirla masivamente?

Cuando un alto porcentaje de ciudadanos ya asume que las encuestas están pagadas y responden a intereses políticos, el efecto informativo desaparece. En su lugar, se instala la desconfianza.

Más que orientar al electorado, pueden estar distorsionando el debate público.

Quizás el problema no sea la existencia de estudios estadísticos, sino la forma en que se utilizan y presentan. Pero mientras no exista transparencia absoluta sobre financiamiento, metodología y márgenes reales de error, el descrédito seguirá creciendo.

Una ciudadanía que ya no compra el relato

El ciudadano boliviano de hoy es más crítico, más desconfiado y menos dispuesto a aceptar cifras sin cuestionarlas. Las experiencias pasadas han dejado huella.

Cuando las urnas contradicen repetidamente a las encuestas, el mensaje que queda es claro: la realidad está en el voto, no en los estudios previos.

Y cuando la brecha entre discurso estadístico y resultado real se amplía, lo que se deteriora no es solo una cifra, sino la confianza colectiva.

Tal vez ha llegado el momento de abrir un debate serio sobre la regulación, la transparencia o incluso la pertinencia de seguir difundiendo encuestas electorales en los formatos actuales.

Porque en democracia, la información debe fortalecer la confianza pública, no debilitarla.