Cuando el precio apaga el aplauso

Fraternidad Morenada Central Oruro

Hoy, mientras la Entrada del Carnaval de Oruro vuelve a tomarse las calles, no puedo evitar sentir una mezcla rara: orgullo por lo que somos capaces de levantar como pueblo y una tristeza incómoda cuando, entre danza y danza, aparecen graderías a medio llenar  como si fueran un recordatorio silencioso de que algo se nos está yendo de las manos.

En las últimas horas he visto (en transmisiones, en videos que circulan y en los comentarios de la gente) imágenes que duelen: tramos donde deberían estar apretados los espectadores, con espacios libres. Y no porque falte espectáculo: Oruro sigue siendo Oruro, con fe, con música, con trajes que parecen imposibles, con promesa y peregrinación.

El tema de las graderías no es nuevo, pero esta vez se sintió distinto por el nivel de indignación. En redes se denunciaron precios que, para un solo asiento, llegaban hasta los Bs 3.000 en algunos casos. Y cuando un asiento cuesta lo que a muchas familias les alcanza para sostener un mes , ya que casi es e equivalente a un salario mínimo nacional, lo que se rompe no es solo el bolsillo: se rompe el pacto cultural de que esta fiesta, aunque sea grande y mundial, sigue siendo del pueblo.

Las autoridades municipales reaccionaron estableciendo un rango y un tope: se habló de precios entre Bs 100 y Bs 900, con advertencia de sanciones para quien exceda el límite y hasta la posibilidad de perder el derecho preferente de organizar graderías en la siguiente gestión. Esa decisión, en el papel, parece un paso necesario. Pero la calle es otra cosa: la reventa, los “VIP” disfrazados, los cobros “por paquete”, y la informalidad se mueven más rápido que cualquier comunicado.

Y ahí aparece lo más triste: la economía de la especulación es torpe incluso para quienes creen ganar. Porque una gradería vacía no es victoria para nadie. No gana el organizador que apostó por precios inflados y se quedó con asientos sin vender. No ganan los conjuntos,  no gana el turista y tampoco gana la ciudad, que vive del movimiento de su gente y de la gente que llega.

Me preocupa especialmente una idea que escuché repetirse: “si cobran así, el Carnaval se queda sin público”. No lo digo como amenaza, lo digo como un razonamiento de sentido común. De hecho, ya hay notas que hablan del riesgo creciente de ahuyentar al público por los precios. Y si algo sostiene esta Entrada —además de la devoción— es el vínculo entre quien baila y quien mira. El espectador no es un accesorio: es parte del ritual. Sin ese intercambio, la fiesta se vuelve una puesta en escena incompleta.

Lo peor es que el impacto no cae parejo. Porque cuando el acceso se privatiza por precio, la gente no deja de amar el Carnaval; simplemente se queda afuera. Termina mirando desde la transmisión televisiva o de internet. Y una tradición que debería unir, empieza a dividir.

También pienso en lo simbólico: Oruro, Patrimonio, fe, peregrinación… y al mismo tiempo “butaca a precio de lujo”. Esa contradicción es la que deja un sabor amargo. La cultura puede generar economía, sí. Pero cuando la economía se come a la cultura, lo que queda es un negocio con disfraces.

¿Entonces qué hago con esta incomodidad? No quiero quedarme solo en la queja. Si realmente se quiere evitar que la imagen de graderías vacías se repita, hay medidas simples que podrían cambiar mucho:

  • Tarifario público por tramos y sectores, visible y fácil de denunciar, no solo “un tope”. (Ya se habló de publicar un tarifario oficial; ojalá se vuelva práctica real).

  • Fiscalización en el momento, no “después del Carnaval”. Porque la sanción tardía no devuelve el acceso perdido.

  • Canales de denuncia rápidos (QR, WhatsApp municipal, afiches en ruta) y respuestas visibles: “aquí ya se sancionó”.

  • Más espacios populares y zonas gratuitas bien gestionadas (seguras, con baños, control), para que la fiesta no dependa solo de quién puede pagar.

  • Control real a la reventa: sin eso, cualquier tope se vuelve decorativo.

Soy músico folklórico, y quiero un Carnaval de Oruro lleno, no solo de bailarines, sino de gente mirando con el corazón en la mano. Quiero que el sonido de la banda choque con una pared de aplausos, no con trechos semi vacíos. Y quiero que, cuando alguien diga “vamos al Carnaval”, no sea una invitación que se responda con miedo al precio.

Porque al final, la gradería no es solo madera y fierro. Es un termómetro de algo más profundo: cuánto estamos dispuestos a cuidar que esta fiesta siga siendo nuestra.