Trabajar en el mundo: Normal para todos, Cuestionable para el músico.
En el ámbito cristiano, todos los hermanos en la iglesia cantan, alaban y adoran.
Por tanto, la alabanza y la adoración no son exclusivas del músico, sino una expresión comunitaria del conjunto de los integrantes de la iglesia. El músico, en realidad, aporta con su talento a que todos puedan expresar su fe de manera ordenada y armoniosa.
Sin embargo, hay una realidad evidente: al músico se le exige más que al resto.
El músico no solo aparece en el culto del domingo, como la mayoría. El músico ensaya durante la semana, invierte horas, dedica esfuerzo, tiempo, pasajes y recursos personales. En ese sentido, su participación es mayor en términos de dedicación y curiosamente, también es mayor la carga espiritual que se le exige.
Aquí aparece una contradicción que merece una reflexión honesta.
La mayoría de los cristianos trabaja en el mundo!!!.
Muchos tienen jefes que no son creyentes, cumplen horarios en empresas seculares y reciben su salario de empresas que no fueron pensadas desde valores cristianos. Otros son comerciantes, emprendedores o dueños de tiendas que atienden clientes seculares todos los días, sin que eso sea considerado una falta espiritual.
Eso se entiende, se acepta y se considera parte normal de vivir la fe en la vida cotidiana.
Pero cuando un músico cristiano intenta hacer lo mismo con su talento (trabajar, sostenerse y crecer económicamente) aparece el escándalo, el juicio y, en algunos casos, la condena pública. Como si el don o talento musical lo obligara a vivir bajo un estándar distinto al del resto del cuerpo.
Es necesario entender que la música también es trabajo. Es profesión. Es medio de sustento.
El apóstol Pablo enseña claramente:
“Y todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres” (Colosenses 3:23).
Este principio no distingue entre oficios “espirituales” y “no espirituales”. Distingue la actitud del corazón, no la actividad laboral.
El problema entonces, no es trabajar en contextos seculares, sino cómo se vive la fe dentro de ellos. Esto aplica al oficinista, al comerciante, al profesional y, claro que sí, también al músico.
Ahora bien, es cierto que en el Antiguo Testamento existieron músicos apartados exclusivamente para el servicio espiritual, tanto en el templo como en el servicio del rey, especialmente en tiempos de David. Sin embargo, esa exclusividad nunca fue simbólica ni gratuita. La Biblia señala que estos músicos estaban dedicados de tiempo completo y, precisamente por eso, recibían sustento. Eran sostenidos porque estaban liberados de otros oficios (1 Crónicas 9:33; 1 Crónicas 25).
Es decir, la consagración exclusiva siempre estuvo acompañada de provisión. Nunca de precariedad.
La realidad actual es muy distinta. Hoy, la gran mayoría de los jóvenes músicos en la iglesia sirven de manera voluntaria, sin salario, sin sustento fijo y, muchas veces, asumiendo incluso gastos personales para poder servir. Exigirles exclusividad mientras se les niega el derecho a trabajar con su talento no solo carece de respaldo bíblico, sino que resulta injusto y desalentador.
El daño más profundo aparece cuando la supuesta corrección se convierte en castigo público. Cuando, en lugar de exhortar, se crucifica.
Ese trato no solo afecta a una persona, sino que envía un mensaje peligroso a muchos jóvenes que observan en silencio. Jóvenes que sirven, que aman a Dios, pero que empiezan a asociar la iglesia con presión, juicio y temor. Jóvenes que, con el tiempo, pueden terminar alejándose (no necesariamente de la fe, sino de la iglesia) llevando heridas y resentimientos que pudieron evitarse.
Exhortar no es destruir, Corregir no es humillar, Cuidar no es expulsar.
Todos adoran. Algunos sirven con un talento más visible.
Eso no debería convertirlos en blanco, sino en hermanos a los que hay que acompañar con más sabiduría.